Si existe una palabra para la que todos tenemos una definición diferente, sin duda, esa es amor. Cada uno de nosotros podrá tener una teoría más o menos parecida sobre el amor, pero llena de matices subjetivos. Otros cuantos tendrán otra idea diferente. Cuando oímos la palabra amor, algunos piensan directamente en una relación de pareja, otros en la pareja y la familia, y otros en toda la humanidad. ¿Qué es realmente el amor? Pero, ¿y qué no es el amor?
Si hablamos de amor romántico, la teoría de Sternberg (1998) es una de las que ha cobrado más relevancia. Según el autor, el amor tiene tres componentes: intimidad, pasión y compromiso. Sternberg afirma que las diferentes combinaciones de estos tres conceptos irán creando distintos tipos de amor. Si los tres componentes no se encuentran en armonía y en igual medida dentro de una relación de pareja, puede ser causa de la aparición de conflictos. La teoría introduce el concepto de la «geometría del triángulo amoroso» y destaca los triángulos equilibrados y los desequilibrados.

Los triángulos equilibrados son aquellos en que la intimidad, la pasión y el compromiso estén en igual medida. Los triángulos desequilibrados se producen cuando los tres componentes difieren tanto en calidad como en cantidad. Según Sternberg, al comienzo de la relación, tanto el hombre como la mujer buscan el mismo grado de intimidad, pasión y compromiso. Sin embargo, con el paso del tiempo esto cambia. El hombre comienza a darle más importancia la intimidad y a la pasión que al compromiso. Mientras que para la mujer los tres constructos permanecerán igual, dándole la misma importancia al compromiso que a los demás. ¿Estará Sternberg en lo cierto?
Un dato interesante que apuntan Barrios y Pinto (2008) sobre esta teoría, es que al comienzo de la relación ambas partes de la pareja tienden a buscar, sobre todo, intimidad y pasión, algo que hace que dejen amistades y compromiso de lado. Como citan las autoras, esta actitud «a la larga puede ser perjudicial para ambos, ya que por encerrarse tanto en sí mismos, pueden descuidar otras prioridades y llegar hasta el punto de asfixiarse». Así pues, según esta teoría deberemos tener cuidado en que los tres componentes del triángulo estén equilibrados desde el principio.
«Estoy enamorado», es decir, estar en un estado de amor. Pero, ¿es así realmente? ¿Existe algo de amor en el enamoramiento más allá que en la propia palabra? El enamoramiento es una fase previa al amor romántico. Conocemos a una persona, sentimos «mariposas en barriga», nos imaginamos paseando junto a esa persona, riendo, yendo al cine… En el enamoramiento nos enamoramos más de las expectativas con respecto a esa persona que de la persona en sí. Una vez que la conocemos, si coincide más o menos con nuestros ideales de «persona adecuada», tendemos a ensalzarla. Si no coincide en absoluto, la podemos llegar a desechar.
La cuestión fundamental, es que en la fase de enamoramiento aumentamos por diez las virtudes y obviamos los defectos. De esta forma, no permitimos que la otra persona se salga del rol que le hemos otorgado, ya que si esto es así, pensaremos que nos ha defraudado. Cuando estamos enamorados solemos ceder a la otra persona nuestra felicidad. ¿Cuántas veces hemos escuchado la frase de «me hace tan feliz…»? Realmente estamos despojándonos de nuestra capacidad de ser felices por nosotros mismos y cediéndosela a otra persona. Así pues, cuando vayamos conociendo más en profundidad a nuestro enamorado y veamos que no se corresponde con la imagen que nos habíamos formado, muy probablemente la relación se acabe.
Pero, ¿hay amor? El amor empezaría cuando pasa la etapa de enamoramiento, es decir, cuando aceptamos a la otra persona con sus virtudes y, sobre todo, con sus defectos. Cuando buscamos su felicidad y no sólo la nuestra. Si no tenemos en cuenta la teoría de Sternberg, el amor se correspondería a un estado de aceptación en la que se busca no sólo nuestra felicidad, sino la de la otra persona.

Uno de los puntos de vista más interesantes del amor es el budista. El budismo afirma que el amor es el deseo de que todos los seres sean felices y tengan las causas de la felicidad. Cuando hace referencia a todos, es a todos los seres sin distinción. Es decir, tanto a nuestros seres más cercanos, a aquellas personas más neutras e, incluso, a nuestros enemigos. ¿Por qué es tan especial esta descripción de amor? Porque distingue entre amor y apego -necesidad de que nos hagan felices- y porque investigaciones de los últimos años han demostrado que meditar en este tipo de amor aumenta nuestros niveles de felicidad.
En el año 2004, el neuropsicólogo Richard Davidson, sometió a un estudio cerebral a Mathieu Ricard, un monje budista calificado como el hombre más feliz del planeta. En esta investigación se propusieron cuantificar los efectos que tenía la meditación sobre el cerebro. En este estudio se averiguó que Mathieu Ricard produjo unos niveles de emoción positiva en el córtex prefrontal izquierdo a una intensidad nunca antes registrada en la literatura científica.

El secreto que desveló Mathieu Ricard fue que la clave consiste en «no buscar el amor egoísta, sino la práctica continua y activa de la compasión». La compasión es el aspecto más elevado del amor budista ya que no sólo implica que todos los seres sean felices, sino que es el deseo de que estén libres de sufrimiento y de las causas del sufrimiento. Por lo que a nivel científico, se ha demostrado que meditar en amor eleva los niveles de felicidad.
Después de diferentes descripciones de amor, podemos observar que la mayoría de las definiciones van enfocadas a aspectos en las que el bienestar es el predominante. De esta forma, podemos, dar respuesta a la otra gran pregunta: ¿qué no es amor? Se pueden descartar algunos conceptos que se han relacionado con amor, por ejemplo, los más comunes son los celos y el apego. Existe una creencia generalizada de que los celos son sinónimo de amor, o al menos, de que se quiere a la otra persona. Sin embargo, es sólo eso, una creencia y muy dañina. Los celos están relacionados con la envidia, con la posesión y con la baja autoestima. Como afirma Acosta (2007), los celos consisten en el «deseo del afecto o favor de otra persona que no lo vemos dirigido hacia nosotros».
Es decir, los celos indican posesión o envidia o egocentrismo o todo a la vez. Por ejemplo, «mi padre le dedica más tiempo a mi hermano» o «mi pareja pasa mucho tiempo en el trabajo, ¿y si me oculta algo?». Necesitamos ser el centro de atención de la otra persona y cualquier ser externo que lo impida lo interpretamos como una amenaza. Por ello, cuando sentimos celos no significa que amemos más a otra persona, sino más bien que tenemos miedo a perder a esa persona de una forma egoísta. ¿Por qué egoísta? Porque no tenemos en cuenta la libertad de quien elige estar con nosotros. En el caso de hermanos, puede ocurrir con hermanos mayores que tienen celos de los pequeños y no tienen en cuenta que los bebés necesitan un cuidado más exhaustivo.
Como hemos visto, el amor se puede interpretar desde diferentes teorías y puntos de vista, y en todas ellas un factor principal es la felicidad y la armonía. Implica nuestro bienestar y sobre todo, el de la otra persona. En la teoría de Sternberg también observamos que se ha de producir un equilibro entre tres factores y que ninguno de ellos es un factor negativo. En el amor después del enamoramiento aceptamos los «defectos» de la otra persona. Y en el amor budista deseamos la felicidad de todos los seres sin distinción. Existen más definiciones de amor. Se podría hablar desde otros puntos de vista. Sin embargo, parece que el amor, sin duda, se trata de algo positivo, que sobre todo, nos enriquece a nosotros y a los demás.